El bullying o acoso escolar se ha convertido en una de las problemáticas sociales más preocupantes dentro de los sistemas educativos a nivel nacional e internacional. Generalmente, la atención se centra en las víctimas y en las consecuencias emocionales que experimentan quienes sufren agresiones constantes dentro del entorno escolar.
Sin embargo, desde la criminología y las ciencias sociales también resulta fundamental analizar el perfil de la persona menor de edad agresora, ya que sus conductas pueden representar señales tempranas de violencia futura, dificultades emocionales no atendidas y posibles comportamientos antisociales en etapas posteriores de la vida.
La persona agresora menor de edad en etapa escolar no debe ser vista únicamente como “alguien problemático”, sino como una persona en proceso de desarrollo que, en muchos casos, refleja dinámicas familiares disfuncionales, carencias emocionales, exposición constante a violencia o dificultades para construir relaciones sanas.
Comprender las causas que originan estas conductas permite desarrollar mecanismos de prevención más efectivos y evitar que la violencia aprendida durante la niñez y adolescencia evolucione hacia comportamientos delictivos en la adultez.
El bullying implica conductas repetitivas de intimidación, humillación, exclusión y agresión física, verbal o psicológica, donde existe una relación desigual de poder entre víctima y agresor. Según la UNESCO (2021), el acoso escolar afecta el bienestar emocional, el aprendizaje y la convivencia social, convirtiéndose en un fenómeno de impacto mundial.
Desde el enfoque criminológico, las conductas agresivas no aparecen de manera espontánea. Estas suelen desarrollarse mediante aprendizajes familiares conflictivos, ausencia de límites adecuados y contextos donde la violencia se normaliza. Por ello, el análisis del agresor escolar requiere comprender no solo sus acciones, sino también los entornos que influyen en su comportamiento.
La criminología del desarrollo sostiene que muchas conductas antisociales comienzan a manifestarse desde edades tempranas mediante patrones de agresividad, desafío a la autoridad y falta de empatía. En el caso del bullying, la persona menor agresora generalmente presenta dificultades para manejar emociones como la frustración, el enojo o la inseguridad.
En numerosos casos, la conducta agresiva funciona como un mecanismo de compensación psicológica. Algunos menores buscan sentirse superiores, ganar reconocimiento grupal o ejercer control sobre otros compañeros para ocultar inseguridades internas. Otros simplemente reproducen modelos violentos observados en el hogar o en su entorno social.
Albert Bandura, mediante la teoría del aprendizaje social, explica que gran parte de la conducta humana se adquiere por observación e imitación. Esto significa que niños y adolescentes expuestos constantemente a violencia física o verbal tienen mayores probabilidades de replicar dichas conductas en otros espacios sociales (Bandura, 1977).
Asimismo, investigaciones criminológicas señalan que la agresividad persistente durante la infancia puede convertirse en un factor predictor de futuras conductas delictivas cuando no existe una intervención temprana. Farrington (1993) indica que los menores que mantienen patrones constantes de violencia y hostilidad presentan mayor riesgo de desarrollar comportamientos antisociales durante la adultez.
Entre las características frecuentes que pueden observarse en la persona menor agresora destacan la necesidad de dominio sobre otros, baja tolerancia a la frustración, impulsividad, dificultades para expresar emociones de manera saludable, escasa empatía y conductas manipuladoras.
No obstante, es importante evitar etiquetar permanentemente a la persona menor como “violenta” o “delincuente”, ya que esto puede reforzar conductas negativas y limitar sus posibilidades de cambio.
La conducta agresiva suele desarrollarse progresivamente mediante la interacción entre factores individuales, familiares, escolares y sociales. Durante la adolescencia, la necesidad de aceptación social y pertenencia grupal puede intensificar las conductas de bullying. Algunos jóvenes utilizan la intimidación para ganar popularidad, demostrar poder o evitar convertirse ellos mismos en víctimas.
Además, las redes sociales y la tecnología han transformado las dinámicas de violencia escolar. El ciberbullying permite que las agresiones continúen fuera del aula, aumentando el daño psicológico tanto en víctimas como en agresores. La facilidad para difundir humillaciones o amenazas mediante plataformas digitales puede reforzar conductas agresivas y disminuir la percepción de responsabilidad.
Olweus (1993), uno de los principales investigadores sobre acoso escolar, afirma que el agresor suele presentar actitudes positivas hacia la violencia y poca sensibilidad frente al sufrimiento ajeno. Sin embargo, detrás de la agresividad frecuentemente existen conflictos emocionales importantes, como inseguridad, baja autoestima, experiencias traumáticas o dificultades para recibir afecto y validación emocional.
La familia representa uno de los principales factores de influencia en el desarrollo emocional y conductual de niños, niñas y adolescentes. Las dinámicas familiares violentas, negligentes o carentes de supervisión pueden favorecer la aparición de conductas agresivas dentro del entorno escolar.
Entre los factores familiares más relevantes se encuentran la violencia intrafamiliar, donde el menor normaliza la agresión como forma de resolver conflictos; la falta de afecto y comunicación, que puede generar inseguridad emocional y necesidad de llamar la atención mediante conductas agresivas; y la crianza autoritaria, caracterizada por castigos físicos, humillaciones y amenazas constantes.
También influye la permisividad extrema, cuando madres, padres o encargados justifican constantemente las conductas agresivas o evitan establecer límites claros. A esto se suma la falta de supervisión parental sobre amistades, actividades digitales y comportamiento escolar.
Patterson, DeBaryshe y Ramsey (1989) señalan que los ambientes familiares conflictivos incrementan significativamente el riesgo de comportamientos antisociales en niños y adolescentes. Asimismo, sostienen que la disciplina inconsistente y la violencia intrafamiliar afectan negativamente el desarrollo emocional de las personas menores de edad.
El reconocimiento temprano de la persona menor agresora en el ámbito escolar resulta esencial para prevenir la consolidación de conductas violentas a futuro. Algunas señales frecuentes incluyen burlas constantes, apodos humillantes, amenazas, exclusión social intencional, difusión de rumores y poco remordimiento después de causar daño; en ocasiones estas conductas son minimizadas mediante expresiones como “solo está jugando”, lo que retrasa la intervención profesional.
El centro educativo debe promover espacios seguros de denuncia, observación constante de la convivencia escolar y aplicación efectiva de protocolos de actuación. La intervención ante casos de bullying debe realizarse de manera interdisciplinaria.
La psicología permite trabajar aspectos emocionales y habilidades sociales; el Trabajo Social analiza dinámicas familiares y comunitarias; la criminología identifica factores de riesgo asociados a posibles conductas antisociales futuras; y la orientación educativa fortalece la convivencia pacífica y la resolución de conflictos.
La prevención del bullying debe orientarse hacia la construcción de entornos seguros, empáticos y emocionalmente saludables. Algunas estrategias preventivas incluyen educación emocional desde edades tempranas, fortalecimiento de vínculos familiares, atención psicológica oportuna, supervisión responsable del uso de redes sociales y capacitación docente sobre bullying y ciberbullying.
En conclusión, el análisis criminológico del bullying permite comprender que detrás de la persona menor agresora suelen existir múltiples factores emocionales, familiares y sociales que influyen en el desarrollo de conductas violentas. La agresividad escolar no debe entenderse únicamente como un problema disciplinario, sino como una señal de alerta que requiere intervención temprana e integral.
Más allá de castigar, la sociedad tiene la responsabilidad de intervenir, educar y acompañar a las personas menores de edad para promover relaciones basadas en el respeto, la empatía y la convivencia pacífica.
Referencias bibliográficas.
Albert Bandura. (1977). Social Learning Theory. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall. https://archive.org/details/sociallearningth00band/page/114/mode/2up?utm_source=
Dan Olweus. (1993). Bullying at School: What We Know and What We Can Do. Oxford: Blackwell Publishing. https://www.wiley-vch.de/en/?option=com_eshop&view=product&isbn=978-1-394-17352-5
David P. Farrington. (1993). Understanding and Preventing Bullying. Crime and Justice Journal. https://cambridge.eu.qualtrics.com/jfe/form/SV_77FPYrLdcAe0ltY
Gerald Patterson., Brian DeBaryshe., & Elizabeth Ramsey. (1989). A Developmental Perspective on Antisocial Behavior. American Psychologist. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/1520-6696(198904)25:2%3C163::AID-JHBS2300250206%3E3.0.CO;2-N
UNESCO. (2021). La violencia y el acoso escolares, incluido el ciberacoso. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000378398/PDF/378398spa.pdf.multi?utm_source=





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