El acoso escolar no es un evento fortuito, es un proceso que involucra tres partes: quien agrede, la víctima y los observadores, sin personas que presencien o participen de manera indirecta en el acoso, quien ejecuta la agresión no podría consolidar su estatus dentro del grupo.
Uno de los mayores obstáculos para la prevención del acoso escolar son los mitos que existen. Frases como «son cosas de niños», «eso los hace más fuertes» o «el bullying siempre ha existido» son formas de normalización o naturalización de la violencia. Estas justificaciones permiten que la persona agresora continúe su conducta sin reproche social. Muchas víctimas no denuncian por amenazas o miedo a la revictimización o porque consideran que la autoridad no hará nada al respecto.
Y esta falta de acción se transmite a todos los estudiantes que presencian los actos de acoso, y que deciden no actuar o callar, muchas veces por miedo, o porque saben que no pasará nada, mientras que apoyarán con risas y burlas, validando dichos abusos. Sin embargo, si los testigos rechazan la conducta, el acoso podría detenerse en la mayoría de los casos, por consiguiente, la intervención debe centrarse en transformar a estos «espectadores pasivos» brindándoles herramientas y la confianza para denunciar o alzar la voz.
Para que una situación sea considerada bullying, debe cumplir cuatro condiciones:
- Intencionalidad: Hay voluntad de hacer daño (físico, emocional o social).
- Repetición: No es un hecho aislado; sucede a lo largo del tiempo.
- Desequilibrio de poder: La víctima se siente o se encuentra en desventaja y no puede defenderse fácilmente.
- Relación de pares: La situación se da entre estudiantes.
Sin embargo, cualquier conducta violenta, motivada por apariencia física, nacionalidad, color de piel o de cualquier otra índole, con la intención de agredir o ridiculizar a alguien más, debe ser detenida desde el primer momento en que es detectada, así no existan antecedentes, ya que dejarlo pasar por un hecho aislado sin consecuencias o acciones en el momento, podría motivar a que la conducta se repita.
Algunas señales de alerta en las víctimas podrían ser cambios de humor, miedo a ir al centro educativo, moretones sin explicación, pérdida de objetos personales o dinero, baja en el rendimiento académico y aislamiento social. En el entorno se pueden observar risas burlescas cuando llega alguna persona, chistes con doble intención respecto a alguna condición o característica de la víctima, generar o esparcir rumores, excluir deliberadamente a algunas personas de las actividades grupales, entre otras.
Del lado de quien acosa o abusa, no necesariamente se trata de personas conflictivas que andan causando disturbios todo el tiempo, el acoso podría darse también en espacios más controlados como baños, horas de receso, en el bus escolar, y extenderse a espacios digitales, como publicaciones denigrantes en redes sociales, o grupos de WhatsApp. En ocasiones otras personas participan activamente de las agresiones, mientras otras prefieren mantenerse al margen, quizás por temor a que las vean relacionadas con la víctima y convertirse también en un objetivo de estas acciones violentas.
El primer paso, si se llega a presenciar un acto de bullying, es detener de inmediato la agresión de forma firme pero calmada, siempre que esté dentro de las posibilidades, por ejemplo, si se trata de un profesor, padres de familia u otro tipo de personal que esté en contacto con los estudiantes y el centro educativo. Una vez esto, priorizar la seguridad de la víctima, en caso de agresiones física, valorar si requiere atención médica, avisar a sus padres y autoridades del centro educativo.
Resguardar a la persona afectada en un sitio privado, evitar hacer preguntas incómodas o innecesarias que puedan revictimizar a la persona, también evitar juzgar o minimizar la situación con frases como «no es para tanto» o «tienes que ser más fuerte».
En el caso de no encontrarse en condiciones para detener la agresión en el momento, como podría ser compañeros de clase, se recomienda buscar apoyo de un adulto, conversar con los padres sobre la situación y de cómo les hace sentir, ya que, en ocasiones, las personas que presencian estos abusos también son víctimas (colaterales), aunque no reaccionen, ya que no se sienten a gusto con lo que observan, pero temen ser agredidas si actúan.
Dependiendo de la complejidad del asunto, así será el abordaje que se realice, en algunos casos va a ser necesaria la intervención de otras autoridades como policía, investigadores judiciales, trabajadores sociales, criminólogos, psicólogos, y contar con una asesoría legal para proteger los derechos de todas las partes.
Pero la verdadera prevención está en invertir en formación y educación, desafortunadamente el filtro familiar puede fallar, pero el Estado, así como la sociedad en general, debe velar siempre por el interés superior de la persona menor de edad, ya sea víctima o victimario, intervenir según sea cada caso y no tolerar o permitir que se normalice el acoso escolar como una etapa o un juego de niños.






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