Cuando pensamos en maltrato animal, normalmente pensamos en el animal como la víctima: un perro golpeado, un gato abandonado, un animal lesionado, torturado o privado deliberadamente de cuidados. Y, efectivamente, lo es.
Pero existe una dimensión de este fenómeno que merece mucha más atención: ¿Qué sucede cuando el animal es utilizado deliberadamente para hacer sufrir a una persona?
¿Qué ocurre cuando alguien amenaza con matar a nuestro perro para obligarnos a permanecer en una relación? ¿Cuando se lleva a nuestra mascota como una forma de control? ¿Cuando la golpea delante de nosotros para intimidarnos? ¿Cuando la mata como venganza?.
En esos casos, el animal continúa siendo una víctima directa de violencia. Pero la violencia puede tener, además, otro destinatario, la persona que lo ama. Y es precisamente ahí donde el maltrato animal adquiere una dimensión criminológica que va mucho más allá del daño ocasionado al animal.
El animal como víctima… y como instrumento.
Los animales no son objetos de violencia solamente porque sean vulnerables. En determinados contextos, pueden ser seleccionados por un agresor precisamente porque son importantes para otra persona. El vínculo afectivo se convierte entonces en un punto de vulnerabilidad.
Una amenaza como: «Si me dejas, voy a matar al perro.» Puede parecer, superficialmente, una amenaza dirigida hacia un animal, pero su verdadero objetivo puede ser la persona que escucha esa amenaza.
«Si me dejas, voy a matar al perro.» Puede parecer, superficialmente, una amenaza dirigida hacia un animal, pero su verdadero objetivo puede ser la persona que escucha esa amenaza.
El mensaje implícito puede ser: «Sé qué es lo que amas y sé cómo puedo utilizarlo para controlarte.» Aquí podemos hablar de instrumentalización del animal: el agresor utiliza el vínculo existente entre la persona y el animal como un mecanismo para generar miedo, angustia, sometimiento, culpa o sufrimiento.
El animal no deja de ser víctima. Pero, al mismo tiempo, puede convertirse en el medio mediante el cual se produce la victimización de otra persona.
Cuando hacerle daño al animal es también hacerle daño a quien lo ama
Para comprender esta forma de violencia debemos detenernos en algo que durante mucho tiempo ha sido subestimado: el vínculo humano-animal. Para muchas personas, un perro, un gato u otro animal de compañía no representa simplemente una propiedad.
- Es familia.
- Es compañía.
- Es una fuente de afecto.
- Es parte de la rutina.
En determinados casos puede ser, incluso, una de las principales fuentes de apoyo emocional y seguridad de una persona. Por eso, cuando alguien conoce ese vínculo y deliberadamente amenaza o daña al animal, no necesariamente está actuando únicamente contra el animal. Puede estar atacando el vínculo mismo.
Y precisamente por eso una agresión contra un animal puede producir consecuencias profundamente dolorosas en una persona que no recibió físicamente la agresión.
El animal como mecanismo de control
Uno de los escenarios donde esta problemática adquiere especial relevancia es en las relaciones de pareja y en contextos de violencia intrafamiliar.
Imaginemos a una mujer que quiere abandonar una relación violenta.
Tiene un perro al que considera parte de su familia. El agresor sabe cuánto significa ese animal para ella. Entonces comienza a utilizarlo para ejercer control: «Si te vas, el perro se queda conmigo.», «Si llamas a la policía, él va a pagar las consecuencias.», «Si me denuncias, voy a hacerle daño.»
En ese momento, el animal puede convertirse en una herramienta dentro de una dinámica de control coercitivo. La persona no solamente teme por su propia seguridad. También teme por la seguridad de aquel ser que ama y del cual se siente responsable. Esto puede dificultar la salida de una relación violenta.
La víctima puede permanecer, regresar, retrasar una denuncia o exponerse nuevamente al agresor por miedo a lo que pueda sucederle a su animal. Por eso, cuando preguntamos a una persona víctima de violencia si teme por su seguridad, quizá también deberíamos preguntar: «¿Tiene usted algún animal por cuya seguridad tema?»
No siempre es una amenaza…
La instrumentalización tampoco requiere necesariamente que exista una amenaza verbal. Puede manifestarse de diferentes maneras:
- Golpear al animal frente a la víctima.
- Matar deliberadamente a una mascota.
- Abandonar al animal como forma de castigo.
- Retenerlo para impedir que la víctima abandone el hogar.
- Negar atención veterinaria.
- Utilizar al animal para generar miedo.
- Amenazar con regalarlo, venderlo o desaparecerlo.
- Maltratarlo después de una discusión.
- Utilizar a la mascota para provocar culpa.
- Destruir objetos relacionados con el animal.
- Impedir que la persona tenga contacto con él.
- Utilizar la muerte o lesión del animal como mecanismo de venganza.
Cada situación debe analizarse dentro de su contexto. No todo conflicto relacionado con un animal constituye necesariamente una estrategia de violencia. La intencionalidad, el contexto, la relación entre las personas, el patrón de conducta y la función que cumple la agresión son elementos fundamentales para comprender criminológicamente el fenómeno.
¿Quién es entonces la víctima?
Esta pregunta resulta especialmente importante. Desde una perspectiva victimológica, podríamos encontrarnos ante diferentes niveles de afectación.
- El animal como víctima directa: Es quien experimenta directamente la agresión, lesión, sufrimiento, abandono o muerte. Su condición de víctima no desaparece porque exista otra persona afectada.
- La persona como víctima de la instrumentalización: Es aquella contra quien se dirige la violencia utilizando al animal como medio para generar miedo, control, sufrimiento o sometimiento. Aquí el daño puede ser psicológico, emocional, relacional e incluso económico.
- Otras personas afectadas: También pueden existir víctimas secundarias o personas afectadas por la pérdida o sufrimiento del animal: hijos, familiares, parejas, cuidadores o personas que mantenían un vínculo significativo con él.
De esta manera podemos observar una especie de cadena de victimización: agresor → animal → vínculo afectivo → persona.
Y en determinados casos:
agresor → animal + persona.
Porque el animal puede ser víctima directa mientras la persona también es objeto de una estrategia de violencia.
El duelo cuando la muerte fue provocada.
Existe otra dimensión que merece especial atención: el duelo por la muerte de un animal causada intencionalmente por otra persona. No es lo mismo perder a un animal por causas naturales que descubrir que alguien decidió deliberadamente quitarle la vida para hacernos sufrir.
En el segundo escenario pueden aparecer emociones como: tristeza, rabia, culpa, impotencia, miedo, ansiedad, sensación de vulnerabilidad, deseos de venganza, dificultad para aceptar la pérdida.
tristeza, rabia, culpa, impotencia, miedo, ansiedad, sensación de vulnerabilidad, deseos de venganza, dificultad para aceptar la pérdida.
Pero puede aparecer además una pregunta particularmente dolorosa: «¿Pude haberlo protegido?»
«¿Pude haberlo protegido?»
La persona puede reconstruir constantemente lo sucedido:
«Si hubiera llegado antes…»
«Si hubiera hecho algo diferente…»
«Si me hubiera quedado…»
«Si hubiera denunciado antes…»
El duelo puede quedar entonces atravesado por el trauma de la violencia. No solamente se perdió a un animal querido. Se perdió a un ser querido como consecuencia de una conducta intencional de otra persona. Y eso puede modificar profundamente la experiencia de duelo.
Cuando el animal también representa seguridad.
Para muchas personas, un animal de compañía representa mucho más que compañía: puede ser una fuente de seguridad, estabilidad emocional y apoyo. Por ello, cuando un agresor amenaza o lastima deliberadamente a ese animal, la víctima puede experimentar un temor doble: por su propia seguridad y por la del ser que ama.
En contextos de violencia de pareja o intrafamiliar, esta situación puede dificultar incluso la salida de una relación violenta. Si la persona no cuenta con un lugar seguro donde llevar a su mascota, el animal puede convertirse en un mecanismo adicional de control. Por ello, las estrategias de protección de víctimas deberían considerar, cuando corresponda, la seguridad de los animales que forman parte de su entorno.
¿Es violencia vicaria o instrumentalización?
La utilización de un animal para provocar sufrimiento en una persona puede compartir características con determinadas formas de violencia vicaria. Sin embargo, no toda agresión contra un animal dentro de una relación violenta debe clasificarse automáticamente de esa manera.
Dependiendo del contexto, puede existir control coercitivo, intimidación, castigo, venganza, dominación o instrumentalización. Por eso, desde la criminología resulta más útil preguntarnos qué función cumple la violencia contra el animal dentro de la dinámica de poder.
No basta con preguntar: ¿Qué le hicieron al animal?. También debemos preguntarnos: ¿Por qué eligieron a ese animal y qué pretendían provocar en la persona que lo amaba?
Una mirada criminológica integral
Una amenaza o agresión contra un animal puede parecer un hecho aislado, pero adquiere un significado diferente cuando forma parte de un patrón de control, intimidación o violencia. Por ello, en determinados procesos de valoración de riesgo, resulta pertinente preguntar si existen amenazas contra mascotas, antecedentes de maltrato, utilización del animal como mecanismo de castigo o temor de la víctima por su seguridad.
La criminología puede contribuir precisamente a conectar estas señales y favorecer una intervención interdisciplinaria entre criminología, psicología, trabajo social, policía, autoridades judiciales, medicina veterinaria y protección animal.
Proteger al animal también puede significar proteger a la persona. Cuando el vínculo afectivo es utilizado deliberadamente para producir miedo, dolor o sometimiento, la violencia no puede analizarse únicamente desde lo ocurrido al animal. Porque, en determinadas circunstancias, lastimar a un animal puede ser también una forma de lastimar a quien lo ama.
Referencias bibliográficas
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