«La violencia extrema rara vez es producto de un impulso aislado. En la mayoría de las organizaciones criminales constituye una conducta aprendida, reforzada y, finalmente, normalizada como parte de la identidad del grupo.«
Cada vez que un caso de sicariato ocupa las portadas surge la misma pregunta: ¿cómo llega una persona a matar sin mostrar aparente remordimiento?, la respuesta suele atribuirse a la «maldad» o a determinados rasgos de personalidad. Sin embargo, la criminología contemporánea plantea una explicación más compleja: la violencia extrema también puede aprenderse.
Dentro del crimen organizado, el homicidio no aparece como una decisión aislada, sino como el resultado de un proceso de socialización. Estas estructuras no solo reclutan personas; moldean conductas, redefinen valores y transforman la violencia en una herramienta legítima para alcanzar los objetivos del grupo. Esta perspectiva obliga a desplazar el análisis desde el autor del delito hacia el proceso mediante el cual una persona aprende a ejercer violencia extrema.
La violencia cumple una doble función dentro de las organizaciones criminales. En primer lugar, posee un carácter instrumental: permite controlar territorios, eliminar rivales, cobrar deudas o intimidar a otras estructuras. Pero también cumple una función simbólica. Cada acto violento comunica poder, fortalece la reputación del grupo y reafirma la pertenencia de quienes participan en él.
Desde esta perspectiva, algunos episodios de extrema brutalidad trascienden cualquier necesidad operativa. No buscan únicamente eliminar a una víctima, sino enviar un mensaje tanto a los miembros de la organización como a quienes desafían su autoridad.
Esta dinámica puede comprenderse desde la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura, quien sostuvo que gran parte del comportamiento humano se adquiere mediante la observación y la imitación de modelos significativos. Cuando una organización premia la obediencia, recompensa la violencia y convierte la agresión en un mecanismo de ascenso, sus integrantes aprenden que ejercer violencia no solo es aceptable, sino esperado dentro del grupo.
A este proceso se suma la desensibilización emocional. La exposición repetida a escenarios violentos reduce progresivamente el impacto psicológico que estos generan y debilita la respuesta empática frente al sufrimiento ajeno. Lo que inicialmente provoca rechazo termina incorporándose a la rutina, modificando la forma en que la violencia es percibida y facilitando la ejecución de actos cada vez más extremos con menor resistencia emocional.
Dentro de ese proceso de desensibilización, diversos investigadores han planteado que el maltrato hacia los animales puede convertirse en un mecanismo particularmente eficaz para reducir la respuesta emocional frente al sufrimiento. Desde la psicología y la criminología, esta conducta no solo representa una forma de agresión hacia un ser vivo, sino también una oportunidad para transgredir progresivamente límites morales sin enfrentar, al menos inicialmente, las mismas consecuencias sociales que implicaría ejercer violencia contra otra persona.
En algunos contextos vinculados al crimen organizado, testimonios de exintegrantes, investigaciones periodísticas y diversos análisis han señalado que determinados grupos han recurrido a actos de crueldad contra animales como parte de procesos de iniciación o entrenamiento.
Aunque estas prácticas no han sido documentadas con el mismo nivel de evidencia en todos los casos y deben analizarse con cautela, la hipótesis criminológica resulta consistente con el conocimiento existente sobre el aprendizaje de la violencia: la exposición repetida a actos de sufrimiento puede disminuir progresivamente la respuesta empática y facilitar la aceptación de conductas cada vez más extremas.
Más allá de la veracidad de cada relato particular, el interés criminológico no radica únicamente en determinar si un grupo empleó un método específico, sino en comprender la lógica que subyace a estas prácticas. Cuando una organización utiliza la violencia contra un ser vulnerable como una prueba de obediencia, está enviando un mensaje claro: la lealtad al grupo debe prevalecer sobre las barreras morales individuales. El acto deja entonces de ser un episodio aislado de crueldad y pasa a convertirse en un mecanismo de socialización criminal.
Esto no significa que toda persona que maltrata animales llegue a integrarse en una organización criminal ni que todas las organizaciones recurran a estas prácticas. Significa, más bien, que cuando el maltrato animal se utiliza deliberadamente como herramienta de entrenamiento o de iniciación, puede cumplir funciones coherentes con los mecanismos de aprendizaje y desensibilización descritos por la criminología y la psicología.
La criminología del desarrollo, ha señalado que estos procesos adquieren especial fuerza durante la adolescencia, una etapa en la que la identidad aún se encuentra en construcción. Para muchos jóvenes, la organización criminal ofrece aquello que su entorno no siempre proporciona: reconocimiento, protección, pertenencia y una aparente oportunidad de ascenso social. En ese contexto, la violencia deja de percibirse como una conducta excepcional y comienza a convertirse en un lenguaje mediante el cual se demuestra lealtad y compromiso con el grupo.
En este punto, la violencia deja de ser únicamente una conducta para convertirse en un ritual de integración. Participar en actos violentos no solo implica cumplir una orden; representa una demostración de lealtad que fortalece la cohesión interna y reafirma la identidad colectiva. Cuanto mayor es el compromiso con la organización, mayor suele ser la disposición a ejecutar acciones cada vez más extremas.
Diversas investigaciones sobre organizaciones criminales latinoamericanas describen procesos de entrenamiento caracterizados por una exposición constante a la violencia y por estrategias orientadas a reducir la respuesta emocional frente al sufrimiento. Uno de los casos más citados en la literatura es el de Los Zetas en México, cuya estructura fue ampliamente documentada por su disciplina interna y el uso sistemático de la violencia.
Sin embargo, la literatura científica advierte que estas afirmaciones deben analizarse con cautela y distinguirse de los hechos empíricamente comprobados. Esta diferencia resulta esencial. Lo verdaderamente relevante no radica en identificar un método específico de entrenamiento, sino en comprender el resultado final: organizaciones capaces de transformar personas con trayectorias sociales diversas en individuos que llegan a percibir la violencia extrema como una herramienta legítima para alcanzar objetivos colectivos.
Esta discusión adquiere una relevancia particular para Costa Rica. El crecimiento del sicariato, el aumento de los homicidios vinculados al crimen organizado y el reclutamiento cada vez más frecuente de adolescentes muestran que el fenómeno trasciende el uso de armas o el tráfico de drogas.
También implica la construcción de identidades donde la violencia se convierte en una forma de reconocimiento, ascenso y pertenencia. Por ello, limitar la respuesta al fortalecimiento policial o a la persecución penal resulta insuficiente si no se comprende el proceso mediante el cual estas organizaciones moldean el comportamiento de sus integrantes.
La criminología preventiva ha insistido durante décadas en que intervenir únicamente cuando el delito ya se ha consumado significa actuar demasiado tarde. Comprender cómo las organizaciones criminales moldean el comportamiento de sus integrantes permite identificar oportunidades de intervención mucho antes de que la violencia se convierta en un componente central de la identidad personal.
En consecuencia, la prevención del crimen organizado no debe limitarse a la persecución penal. También requiere fortalecer factores de protección en comunidades vulnerables, generar espacios de pertenencia positivos para adolescentes, promover habilidades socioemocionales y desarrollar estrategias capaces de contrarrestar las narrativas de poder y reconocimiento que ofrecen las organizaciones delictivas.
Comprender cómo una persona aprende a ejercer violencia extrema no implica justificar sus actos. Significa reconocer que detrás de muchos homicidas existe un proceso de construcción criminal que comenzó mucho antes del primer disparo.
Mientras las organizaciones criminales continúen formando identidades basadas en la obediencia, el miedo y la violencia como mecanismos de reconocimiento, la respuesta del Estado no podrá limitarse a perseguir delitos consumados. La verdadera prevención comienza mucho antes: cuando se evita que las organizaciones criminales encuentren personas dispuestas a aprender que matar también puede convertirse en una conducta normalizada.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
- Bandura, A. (1977). Social Learning Theory. Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.
- Bandura, A. (1986). Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory. Prentice Hall.
- Sutherland, E. H., & Cressey, D. R. (1978). Criminology. 10th ed. Philadelphia: Lippincott.
- Farrington, D. P. (2005). Childhood Origins of Antisocial Behavior.
- Ascione, F. R. (2001). Animal Abuse and Youth Violence.
- Lockwood, R., & Ascione, F. (1998). Cruelty to Animals and Interpersonal Violence. Purdue University Press.





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