«La violencia rara vez aparece de forma espontánea. Detrás de quienes integran organizaciones criminales existe un proceso de aprendizaje, adaptación y construcción de identidad que comienza mucho antes del primer delito grave. Desde la criminología, comprender ese proceso resulta fundamental para prevenir la violencia antes de que se consolide«.
En los artículos anteriores analizamos cómo la violencia puede manifestarse inicialmente mediante actos de crueldad hacia seres vulnerables y cómo, lejos de ser un comportamiento innato, se aprende y se normaliza dentro de determinados contextos sociales.
Sin embargo, comprender la violencia exige dar un paso más. ¿Qué ocurre cuando esa violencia deja de ser únicamente una conducta aprendida y se convierte en parte de la identidad de una persona? Esa es una de las claves para entender el reclutamiento de adolescentes y jóvenes por parte de las organizaciones criminales.
Con frecuencia, el análisis del crimen organizado se centra en sus consecuencias visibles: homicidios, narcotráfico, extorsiones o sicariato. Sin embargo, el verdadero desafío consiste en entender cómo estas organizaciones logran transformar a adolescentes y jóvenes en personas que no solo ejecutan actos violentos, sino que llegan a considerar la violencia como parte de quienes son. Ninguna persona nace con una identidad criminal.
Diversas investigaciones en criminología del desarrollo han demostrado que la conducta delictiva persistente surge de la interacción entre factores familiares, sociales, económicos e individuales. La exclusión, la violencia intrafamiliar, la deserción escolar, la falta de oportunidades y la ausencia de redes de apoyo aumentan la vulnerabilidad, pero por sí solos no explican por qué algunos jóvenes terminan integrándose a estructuras criminales mientras otros no.
Una de las respuestas se encuentra en la búsqueda de identidad y pertenencia. Durante la adolescencia, el reconocimiento social adquiere un valor fundamental. Cuando la familia, la escuela o la comunidad no logran satisfacer esa necesidad, las organizaciones criminales ocupan ese espacio ofreciendo algo más poderoso que el dinero: un sentido de pertenencia, protección, reconocimiento y propósito.
Para lograrlo, estos grupos utilizan símbolos, jerarquías, rituales y códigos de conducta que fortalecen la identidad colectiva. Poco a poco, el joven sustituye sus referentes sociales por los valores del grupo, donde la lealtad, el silencio y la violencia son recompensados. La violencia deja entonces de ser un comportamiento ocasional y pasa a convertirse en una forma de demostrar valor, compromiso y reconocimiento dentro de la organización.
Este proceso coincide con lo descrito por la teoría de la Asociación Diferencial de Edwin Sutherland, que explica cómo las conductas delictivas, junto con las justificaciones que las respaldan, se aprenden mediante la interacción con otros. No solo se aprende a delinquir; también se aprende a interpretar la violencia como una conducta aceptable e incluso necesaria. En muchos casos, esta transformación comienza ejerciendo poder sobre quienes presentan menor capacidad de defensa.
Desde la criminología y la psicología criminal, la crueldad hacia los animales constituye una conducta que merece especial atención, no porque determine inevitablemente una carrera delictiva, sino porque puede reflejar procesos tempranos de desensibilización frente al sufrimiento ajeno, búsqueda de control y normalización de la violencia. Cuando estas conductas no reciben intervención oportuna, pueden formar parte de un patrón de aprendizaje donde la agresión se convierte en un mecanismo para obtener dominio, validación o reconocimiento.
Las organizaciones criminales comprenden muy bien estas dinámicas. Su objetivo no es únicamente reclutar personas, sino construir identidades alineadas con sus intereses. Para ello, transforman conceptos como respeto, poder y éxito, asociándolos con la capacidad de intimidar, ejercer violencia y demostrar lealtad absoluta al grupo. Esta realidad resulta especialmente preocupante en Costa Rica, donde el incremento del sicariato y la participación de adolescentes en hechos violentos obligan a replantear las estrategias de prevención.
Combatir el crimen organizado no depende únicamente de fortalecer la respuesta policial y judicial; también requiere comprender por qué algunos jóvenes encuentran en estas organizaciones aquello que las instituciones no lograron ofrecerles.
La prevención comienza mucho antes del primer delito. Empieza fortaleciendo a las familias, manteniendo a los jóvenes dentro del sistema educativo, creando oportunidades de participación comunitaria e identificando tempranamente conductas de riesgo, entre ellas las manifestaciones de crueldad hacia personas o animales que puedan evidenciar procesos de aprendizaje de la violencia. Comprender cómo se construye una identidad violenta permite intervenir antes de que la agresión se convierta en una forma de entender el mundo.
La violencia no aparece de un momento a otro ni se explica por una única causa. Es el resultado de un proceso en el que intervienen factores personales, familiares, sociales y culturales que, bajo determinadas circunstancias, pueden moldear la forma en que una persona entiende el poder, la pertenencia y su lugar dentro de la sociedad. En ese recorrido, la violencia puede comenzar manifestándose sobre quienes representan menor capacidad de defensa, aprenderse y reforzarse mediante la influencia del entorno y, finalmente, integrarse a la identidad de quienes la ejercen.
Desde esta perspectiva, el maltrato animal no debe entenderse como un hecho aislado o de escasa importancia, sino como una posible señal de alerta que merece atención dentro de las estrategias de prevención de la violencia. Si bien no toda persona que maltrata animales desarrollará una trayectoria criminal, ignorar estas conductas significa perder oportunidades valiosas para intervenir antes de que los procesos de desensibilización, dominación y normalización de la violencia se consoliden.
Frente al crecimiento del crimen organizado y del reclutamiento de adolescentes y jóvenes, la respuesta no puede limitarse al fortalecimiento de los sistemas policiales y judiciales.
Resulta igualmente indispensable construir comunidades capaces de ofrecer aquello que las organizaciones criminales prometen de forma distorsionada: identidad, reconocimiento, oportunidades y sentido de pertenencia. La verdadera prevención comienza fortaleciendo a las familias, promoviendo entornos educativos protectores, desarrollando comunidades resilientes e identificando tempranamente las manifestaciones de violencia, incluidas aquellas dirigidas contra los animales.
Comprender cómo se construye una identidad violenta nos permite actuar antes de que la agresión se convierta en una forma de entender el mundo. La prevención más eficaz no consiste únicamente en reaccionar cuando el delito ya ha ocurrido, sino en reconocer las primeras señales, intervenir sobre los factores de riesgo y fortalecer aquellos elementos que permiten a niños, adolescentes y jóvenes construir su identidad lejos de la violencia.
Solo así será posible romper el ciclo que transforma la vulnerabilidad en criminalidad y construir una sociedad donde la pertenencia no se encuentre en la violencia, sino en la convivencia, el respeto y la empatía.
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