Un nuevo informe técnico sobre ataques armados en centros educativos de Estados Unidos concluye que las puertas cerradas y los controles de acceso continúan siendo una de las barreras más efectivas para reducir víctimas durante eventos de tiradores activos. Sin embargo, el mismo estudio advierte que muchas de las brechas de seguridad siguen ocurriendo por errores básicos: puertas abiertas, accesos sin asegurar o estructuras vulnerables de vidrio.
El documento, titulado The Role of Locked Doors and Access Control in School-Based Active Shooter Events, analizó 54 ataques ocurridos durante 26 años en escuelas estadounidenses y examinó específicamente cómo interactuaron los perpetradores con puertas, cerraduras y sistemas de acceso.
Uno de los datos más relevantes es que, de las 29 puertas utilizadas por atacantes para ingresar o desplazarse dentro de los centros educativos, 20 estaban desbloqueadas o abiertas al momento del ataque. Esto representa un 69% de los casos analizados.
En contraste, las puertas sólidas con cerraduras funcionales prácticamente nunca fueron vulneradas de forma directa. El estudio identificó únicamente seis brechas exitosas contra puertas aseguradas, y en todos los casos el atacante evitó la cerradura disparando contra paneles de vidrio o ventanas laterales para crear una abertura.
Los investigadores señalan que ningún atacante logró derrotar mecánicamente una cerradura funcional. “Las puertas sólidas de madera o metal sin componentes de vidrio nunca fueron vulneradas exitosamente”, concluye el informe.
El vidrio: el punto débil más recurrente
El análisis evidencia un patrón repetitivo en varios de los ataques más conocidos de las últimas décadas. En la masacre de Sandy Hook de 2012, el atacante disparó contra el vidrio junto a la puerta principal para entrar al edificio. En el caso de Covenant School, en Nashville, ocurrido en 2023, se disparó contra dos puertas exteriores con paneles de vidrio hasta romperlas.
La investigación determinó que cuatro de las seis brechas exitosas ocurrieron en puertas exteriores de aluminio con paneles de vidrio, mientras que las otras dos involucraron puertas de madera con ventanas o “vision lights”.
Además, en más de la mitad de los casos donde existía información disponible, los atacantes dispararon directamente contra puertas o ventanas. El 54,4% de los perpetradores disparó a través de puertas y el 49,1% disparó contra ventanas, paneles de visión o vidrios laterales.
Para los autores del estudio, esto demuestra que muchas estrategias tradicionales de cierre perimetral pueden quedar comprometidas cuando los diseños arquitectónicos priorizan elementos estéticos o de visibilidad sin considerar resistencia balística.
Las puertas aseguradas sí reducen víctimas
Más allá del ingreso inicial, el informe evaluó si existía relación entre el estado de una puerta y la presencia de víctimas detrás de ella. Los resultados fueron contundentes.
Entre las puertas aseguradas —cerradas, bloqueadas o barricadas— solo el 16,7% terminó asociado a víctimas. En cambio, entre las puertas inseguras o abiertas, la probabilidad subió al 50%.
Aunque los investigadores advierten que la muestra es relativamente pequeña, sostienen que la tendencia es consistente: las puertas aseguradas reducen significativamente la posibilidad de que un atacante acceda a un espacio ocupado.
El informe también documenta casos donde los atacantes desistieron después de encontrar puertas cerradas. En el ataque de Aztec High School, en 2017, el perpetrador disparó contra una cerradura intentando inutilizarla, pero no logró entrar y terminó alejándose. Situaciones similares ocurrieron en Red Lake High School y Perry High School.
Escuelas primarias enfrentan un riesgo distinto
Otro hallazgo importante tiene relación con las diferencias entre tipos de centros educativos. En escuelas secundarias y colegios, los atacantes suelen ser estudiantes actuales que ya tienen acceso rutinario al campus. Por ello, las puertas exteriores tienen un impacto limitado como barrera preventiva.
En escuelas primarias, el panorama cambia radicalmente. Ninguno de los atacantes analizados era estudiante activo del centro y la mitad no tenía ninguna relación previa con la institución. En estos casos, el acceso exterior se convierte en el principal punto de contención.
El estudio señala que las escuelas primarias registraron una proporción mucho mayor de interacciones con puertas exteriores —37,5% frente al 11,6% en secundaria— y que la mayoría de las víctimas en primaria se encontraba dentro de aulas que, en teoría, podían haberse asegurado con cerraduras funcionales.
Más allá de la tecnología
Aunque el informe se centra en infraestructura física, los investigadores insisten en que la seguridad escolar no depende únicamente de instalar más tecnología. Gran parte de los fallos identificados estuvieron relacionados con prácticas operativas básicas: puertas abiertas por conveniencia, protocolos inconsistentes o falta de supervisión.
También se documentó un caso en 2024 donde un atacante intentó persuadir a personas dentro de un aula para que abrieran la puerta. Los ocupantes no cedieron y el atacante no logró ingresar.
El estudio concluye que los controles de acceso y las cerraduras continúan siendo herramientas fundamentales para mitigar daños, especialmente cuando se acompañan de capacitación, cumplimiento estricto de protocolos y diseños arquitectónicos que reduzcan vulnerabilidades estructurales.






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